de Enrique Gil y Carrasco (Villafranca del Bierzo, 15 de julio de 1815 - †Berlín, 22 de febrero de 1845)

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                          Capítulo VII

                          El medio de que el señor de Arganza se había valido para arrancar del corazón de su hija el amor que tan firmes raíces había echado no era, a la verdad, el más a propósito. Aquella alma pura y generosa, pero altiva, mal podía regirse con el freno del temor, ni del castigo. Tal vez la templanza y la dulzura hubieran recabado de ella cuanto la ambición de su padre podía apetecer, porque la idea del sacrificio suele ser instintiva en semejantes caracteres, y con más gusto la acogen a medida que se presenta con más atavíos de dolor y de grandeza, pero doña Beatriz, que según la exacta comparación del abad de Carracedo, se asemejaba a las aguas quietas y trasparentes del lago azul y sosegado de Carucedo, fácilmente se embravecía cuando la azotaba su superficie el viento de la injusticia y dureza. La idea sola de pertenecer a un tan mal caballero como el conde Lemus, y de ser el juguete de una villana intriga, la humillaba en términos de arrojarse a cualquier violento extremo por apartar de sí semejante mengua.

                          Por otra parte, la soledad, la ausencia y la contrariedad, que bastan para apagar inclinaciones pasajeras, o culpables afectos, sólo sirven de alimento y vida a las pasiones profundas y verdaderas. Un amor inocente y puro acrisola el alma que le recibe, y por su abnegación insensiblemente llega a eslabonarse con aquellos sublimes sentimientos religiosos, que en su esencia no son sino amor limpio del polvo y fragilidades de la tierra. Si por casualidad viene la persecución a adornarle con la aureola del martirio, entonces el dolor mismo lo graba profundamente en el pecho, y aquella idea querida llega a ser inseparable de todos los pensamientos, a la manera que una madre suele mostrar predilección decidida al hijo doliente y enfermo que no la dejó ni un instante de reposo.

                          Esto era cabalmente lo que sucedía con doña Beatriz. En el silencio que la rodeaba se alzaba más alta y sonora la voz de su corazón, y cuando su pensamiento volaba al que tiene en su mano la voluntad de todos y escudriña con su vista lo más oscuro de la conciencia, sus labios murmuraban sin saber aquel nombre querido. Tal vez pensaba que sus oraciones se encontraban con las suyas en el cielo, mientras sus corazones volaban uno en busca de otro en esta tierra de desventuras, y entonces su imaginación se exaltaba hasta mirar sus lágrimas y tribulaciones como otras tantas coronas que la adornarían a los ojos de su amado.

                          Su tía, que también había amado y visto deshojarse en flor sus esperanzas bajo la mano de la muerte, respetaba los sentimientos de su sobrina y procuraba hacerle llevadero su cautiverio, dándole la posible libertad y tratándola con el más extremado cariño, porque su femenil agudeza le daba a entender claramente que sólo este proceder podía emplearse con aquella naturaleza, a un tiempo de león y, de paloma. La prudente señora quería dejar obrar la lenta medicina del tiempo antes de arriesgar ninguna otra tentativa.

                          El día que doña Beatriz había señalado a don Álvaro en su carta estaba elegido con gran discreción, porque en él se celebraban después de las vísperas los funerales de los regios patrones de aquella santa casa, que comúnmente solían atraer numeroso concurso, a causa de la limosna que se repartía, y de ordinario duraban hasta de noche. Fácil le fue, por lo tanto, al caballero deslizarse a favor de un disfraz de aldeano por entre el gentío y meterse en un confesonario, donde se escondió como pudo, mientras los paisanos del pueblo oían el sermón con la mayor atención. En las iglesias de aquel país había, y hay aún en algunas, confesonarios cerrados por delante, con unas puertas de celosía, y más de una vez han sucedido ocultaciones semejantes a la de nuestro caballero. Por fin, después de acabados los oficios, la iglesia se fue desocupando, las monjas rezaron sus últimas oraciones, el sacristán apagó las luces y salió de la iglesia cerrando las puertas con sus enormes llaves.

                          Quedóse el templo en un silencio sepulcral y alumbrado por una sola lámpara, cuya llama débil y oscilante más que aclaraba los objetos, los confundía. Algunas cabezas de animales y hombres que adornaban los capiteles de las columnas lombardas parecían hacer extraños gestos y visajes, y las figuras doradas de los santos de los altares, en cuyos ojos reflejaban los rayos vagos y trémulos de aquella luz mortuoria, parecían lanzar centelleantes miradas sobre el atrevido que traía a la mansión de la religión y de la paz otros cuidados que los del cielo. El coro estaba oscuro y tenebroso, y el ruido del viento entre los árboles, y el murmullo de los arroyos que venían de fuera, junto con algún chillido de las aves nocturnas, tenían un eco particular y temeroso debajo de aquellas bóvedas augustas.

                          Don Álvaro no era superior a su siglo, y en cualquiera otra ocasión, semejantes circunstancias no hubiesen dejado de hacer impresión profunda en su ánimo; pero los peligros reales que le cercaban si era descubierto, el riesgo que corría en igual caso doña Beatriz, el deseo de aclarar el enigma oscuro de su suerte, y sobre todo la esperanza de oír aquella voz tan dulce, se sobreponían a toda clase de temores imaginarios. Oyó por fin la campana interior del claustro, que tocaba a recogerse, luego voces lejanas como de gentes que se despedían, pasos por aquí y acullá, abrir y cerrar puertas, hasta que al último todo quedó en un silencio tan profundo como el que le envolvía.

                          Salió entonces del confesonario y se acercó a la reja del coro bajo, aplicando el oído con indecible ansiedad y engañándose a cada instante creyendo percibir el leve sonido de los pasos y el crujido de los vestidos de doña Beatriz. Por fin, una forma blanca y ligera apareció en el fondo oscuro del coro, y adelantándose rápida y silenciosamente presentó a los ojos de don Álvaro, ya un poco habituados a las tinieblas, los contornos puros y airosos de la hija de Ossorio.

                          Más fácil le fue a ella distinguirle, porque el bulto de su cuerpo se dibujaba claramente en medio de los rayos desmayados de la lámpara que por detrás le herían. Adelantóse, pues, hasta llegar a la verja, con el dedo en los labios como una estatua del silencio que hubiese cobrado vida de repente, y volviendo la cabeza, como para dirigir una postrera mirada al coro, preguntó con voz trémula:

                          -¿Sois vos don Álvaro?

                          -¿Y quién sino yo -respondió él- vendría a buscar vuestra mirada en medio del silencio de los sepulcros? Me han dicho que habéis sufrido mucho con la separación de vuestra madre, y aunque en esta oscuridad no distingo bien vuestro semblante, me parece ver en él la huella del insomnio y de las lágrimas. ¿No se ha resentido vuestra salud?

                          -No, a Dios gracias -respondió ella casi con alegría-, porque como penaba por vos, el cielo me ha dado fuerzas. No sé si el llanto habrá enturbiado mis ojos, ni si el pesar habrá robado el color de mis mejillas, pero mi corazón siempre es el mismo. Pero somos unos locos -añadió como recobrándose- en gastar así estos pocos momentos que la suerte nos concede, y que sin gran peligro nuestro tal vez no volverán en mucho tiempo. ¿Qué imagináis, don Álvaro, de haberos yo llamado de esta suerte?

                          -He imaginado -respondió él- que leíais en mi alma, que con vuestra piedad divina os compadezcíais de mí.

                          -¿Y no habéis meditado algún proyecto temerario y violento? ¿No habéis pensado en romper mis cadenas con vuestras manos atropellando por todo?

                          Don Álvaro no respondió y doña Beatriz continuó con un tono que se parecía al de la reconvención:

                          -Ya veis que vuestro corazón no os engañaba y que yo leía en él como en un libro abierto, pero sabed que no basta que me améis, sino que me creáis y aguardéis noblemente. No quiero que os volváis contra el cielo, cuya autoridad ejerce mi padre, porque ya os dije que yo jamás mancharía mi nombre con una desobediencia.

                          -¡Oh, Beatriz! -contestó don Álvaro con precipitación-, no me condenéis sin oírme. Vos no sabéis lo que es vivir desterrado de vuestra presencia; vos no sabéis, sobre todo, cómo despedaza mis entrañas la idea de vuestros pesares, que yo, miserable de mí, he causado sin tener fuerzas para ponerles fin. Cuando os veía dichosa en vuestra casa, de todos acatada y querida, el mundo entero no me parecía sino una fiesta sin término, una alegre romería a donde todos iban a rendir gracias a Dios por el bien que su mano les vertía. Cuando los pájaros cantaban por la tarde, sólo de vos me hablaban con su música, la voz del torrente me deleitaba porque vuestra voz era la que escuchaba en ella; y la soledad misma parecía recogerse en religioso silencio sólo para escuchar de mis labios vuestro nombre. Pero ahora la naturaleza entera se ha oscurecido, las gentes pasan junto a mí silenciosas y tristes, en mis ensueños os veo pasar por un claustro tenebroso con el semblante descompuesto y lleno de lágrimas, y el cabello tendido, y el eco de la soledad que antes me repetía vuestro nombre sólo me devuelve ahora mis gemidos. ¿Qué queréis?, La desesperación me ha hecho acordar entonces de que era noble, de que penabais por mí, de que tenía una espada y de que con ella cortaría vuestras ligaduras.

                          -Gracias, don Álvaro -respondió ella enternecida-, veo que me amáis demasiado, pero es preciso que me juréis aquí delante de Dios, que a nada os arrojaréis sin consentimiento mío. Sois capaz de sacrificarme hasta vuestra fama, pero ya os lo he dicho, yo no desobedeceré a mi padre.

                          -No puedo jurároslo, señora -respondió el caballero-, porque ya lo estáis viendo; la persecución y la violencia han empezado por otra parte y tal vez sólo las armas podrán salvaros. Mirad que os pueden arrastrar al pie del altar y allí arrancaros vuestro consentimiento.

                          -No creáis a mi padre capaz de tamaña villanía.

                          -Vuestro padre -replicó don Álvaro con cólera- tiene empeñada su palabra, según dice, y además cree honraros a vos y a su casa.

                          -Entonces yo solicitaré una entrevista con el conde y le descubriré mi pecho y cederá.

                          -¿Quién, él?, ¿ceder él?-contestó don Álvaro fuera de sí y con una voz que retumbó en la iglesia-, ¡ceder cuando justamente en vos estriban todos sus planes! ¡Por vida de mi padre, señora, que sin duda estáis loca!

                          La doncella se sobrepuso al susto que aquella voz le había causado, y le dijo con dulzura, pero con resolución.

                          -En ese caso yo os avisaré, pero hasta entonces juradme lo que os he pedido. Ya sabéis que nunca, nunca seré suya.

                          -¡Doña Beatriz! -exclamó de repente una voz detrás de ella.

                          -Jesús mil veces -exclamó acercándose involuntariamente a la reja mientras don Álvaro maquinalmente echaba mano a su puñal-. Ah, ¿eres tú, Martina? -añadió reconociendo a su fiel criada que había quedado de acecho, pero de la cual se había olvidado por entero.

                          -Sí, señora -respondió la muchacha-, y venía a deciros que las monjas comenzarán a levantarse muy, pronto, porque ya está amaneciendo.

                          -Preciso será, pues, que nos separemos -dijo doña Beatriz con un suspiro-; pero nos separaremos para siempre, si no me juráis por vuestro honor lo que os he pedido.

                          -Por mi honor lo juro -respondió don Álvaro.

                          -Id, pues, con Dios, noble caballero, yo recurriré a vos si fuere menester, y estad seguro de que nunca maldeciréis la hora en que os confiasteis a mí.

                          Ama y criada se apartaron entonces con precipitación, y don Álvaro, después de haberlas seguido con los ojos, se escondió de nuevo. Al poco rato las campanas del monasterio tocaron a la oración matutina con regocijados sonidos, y el sacristán abrió las puertas de la iglesia dirigiéndose a la sacristía, de manera que don Álvaro pudo salir sin ser visto. Encaminóse luego precipitadamente al monte, donde Millán había pasado la noche con los caballos, y montando en ellos, por sendas y veredas excusadas llegaron prontamente a Bembibre.